23 de junio de 2017, Vol. VI, Núm. 14

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DE NUEVO CON LA LECTURA: REFLEXIONES A PARTIR DE LA HISTORIA RECIENTE Y LOS NUEVOS ESCENARIOS VIRTUALES

ONE MORE TIME ABOUT READING: CONSIDERATION SINCE THE RECENT HISTORY AND THE NEW VIRTUAL SCENARIOS

José Julián Vázquez Robles

Instituto de Filosofía. Centro de Ciencias Humanas y Sociales. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Navarra, España

asimeroes@gmail.com

Recepción: Noviembre 11, 2016 Aceptación: Marzo 17, 2017

Resumen

Hoy, frente al ámbito de lo virtual y con el miedo por el predominio de la imagen sobre lo escrito, las prácticas y los hábitos de lectura parecen situarse en un cambio de paradigma. Sin embargo, y más allá de los detractores como frente a los partidarios de la Web, la lectura en México parece ser un asunto estancado. Este acotado recorrido por los ámbitos de la lectura en nuestro país, que toma como punto de reflexión el Porfiriato, busca debatir sobre las prácticas y hábitos lectores y algunos de sus imaginarios. También busco destacar que, por encima de triunfalismos o presagios tenebrosos, resulta necesario aumentar los estudios cuantitativos y cualitativos alrededor de todas las variables que están involucradas en ese acto llamado lectura, colocando al sujeto actual como el eje principal de la investigación.

Palabras clave: Lectura, Historia, Lectores, Cultura Escrita, México

Abstract

Today, facing the realm of the virtual and the fear of the predominance of the image over the writing, practices and habits of reading seem to be in a paradigm shift. However, and beyond detractors and Web supporters, reading in Mexico seems to be stalemate. This short journey, about the reading in our country, which takes as a point of reflection the Porfiriato, seeks to debate about practices and habits readers and some of their imaginary. I also want to emphasize that, above triumphalism’s or gloomy omens, it is necessary to increase the quantitative and qualitative studies around all the variables that are involved in this act called reading, placing the current subject as the main axis of the investigation.

Keywords: Reading, History, Readers, Written Culture, Mexico

1er acto

El poder de la letra - sea plasmada en papiro, desde un libro o titilando en una pantalla táctil -, su capacidad de influencia al proponer modelos de conducta, reiterar o defender conceptos e ideales, o su papel al generar (e incluso silenciar) debates sobre estos y otros asuntos ha sido motivo de muchas reflexiones. Se le ha alabado por su capacidad para guiar y formar al individuo; se le han condenado por ser origen de maldad y perdición; se le ha dicho alimento del alma o veneno para la inocencia, pero desde la aparición de la escritura las reacciones, e incluso las contradicciones, han estado presentes, tal como lo señala Anne Staples al referirse al México del siglo XIX, pues a pesar de ser "un país con un gran número de analfabetos, el peso de la palabra escrita era tal que despertaba verdaderos temores en cuanto a su influencia" (2005: 120).

Reyes, líderes de distintas religiones, miembros de la nobleza o la alta burguesía, elementos de la clase media o integrantes del "pueblo", han sido protagonistas, testigos, víctimas o victimarios frente a ese poder - que todavía hoy nos es difícil precisar - en varios momentos de la historia. El Index Librorum Prohibitorum, que durante cuatro siglos tuvo categoría de ley eclesiástica desde la Iglesia Católica, no solo fue un índice que permitió señalar a herejes o perseguir a impíos, también es una buena muestra que confirma el alcance y los peligros que se le atribuían a la palabra escrita. Los mismos textos muchas veces recogen la anécdota, tal como la que narra Julio Sesto: "y en la aduana de Veracruz, un empleado listo detuvo la segunda remesa de El México de Porfirio Díaz creyendo que se trataba de un libro contra el gobierno, como el de Carlo di Fornaro (Díaz, czar of México)" (1910: XI), y así se podría seguir con una larga lista de ejemplos, ya que:

Los que queman los libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es incalculable. Es indeterminada precisamente porque el mismo libro, la misma página, puede tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores. Puede exaltar o envilecer; seducir o asquear; apelar a la virtud o a la barbarie; magnificar la sensibilidad o banalizarla. De una manera que no puede ser más desconcertante, puede hacer las dos cosas, casi en el mismo momento, en un impulso de respuesta tan complejo, tan rápido en su alternancia y tan híbrido que ninguna hermenéutica, ninguna psicología, pueden predecir ni calcular su fuerza (Steiner, 2007: 59).

Cierto es que en México, en sus diversos momentos históricos, pueden encontrarse intentos e iniciativas para enseñar a leer y escribir a sus habitantes. Durante buena parte del periodo de la Colonia, y aún durante el primer tramo del siglo XIX, se priorizó la enseñanza de la lectura por sobre el de la escritura. Las cartillas, silabarios y los catones, todos ellos enfocados a que la persona pudiese aprender a deletrear, primero únicamente letras, después palabras y al final oraciones, son parte de esta historia que, como todas, tiene momentos de éxito y fracasos rotundos.

En la primera mitad del siglo XIX cobró fuerza entre amplios sectores de la población la idea de que educar a un mayor número de individuos sería una suerte de elixir mágico para combatir todos los males (reales e imaginarios) que aquejaban al país -atraso económico, desigualdades sociales alarmantes, higiene precaria y alta mortandad (principalmente entre recién nacidos), caos político, etcétera-, pero fue en el Porfiriato (1876 - 1911) que muchos de los planes pudieron transformarse en proyectos. Sin embargo, la gran mayoría de ellos se quedaron en buenas intenciones o no tuvieron los efectos deseados, es decir, lejos estamos de hablar de una época ideal.

En México, antes de iniciar la aventura por conformarse como una nación independiente, hubo personas que leían, que escribían y publicaban. Aunque en términos generales la lectura era un ámbito restringido, primero al clero, después a los miembros de la nobleza y la élite novohispana, que los textos de carácter religioso eran los mayoritarios,1 y que predominaba más una cultura de lo oral, el papel que jugaron los impresos y los manuscritos entre los diversos miembros del entramado social fue más allá de solo ser transmisores de información o de narrar los sucesos cotidianos y los extraordinarios.2

La llamada República de las Letras, alusiva a la multiplicación de impresos, autores y géneros literarios durante el Porfiriato, es quizás un buen punto de reflexión para navegar entre los conceptos de apropiación, participación y acceso (Kalman, 2003) cuando se habla de lectura y lectores. En el paréntesis que abrirán los más de treinta años con una misma figura rectora en lo político, aparecen las preocupaciones y obsesiones desde diversos grupos sociales por la higiene, la moral y el papel (privado y público) de cada uno de los géneros; pero en estos intersticios de la paz y un cierto balance económico, los libros y manuscritos encontrarán eco en un cierto grupo de la sociedad, especialmente por aquellos que entre sus muchos intereses estaba el de educar y parecer educada.3

Jesús Galindo y Villa menciona que, respecto a las publicaciones periódicas nacionales, "el Anuario Estadístico de la República correspondiente a 1899, que acaba de darse a la estampa, registra unas 201, solo en esta Capital" (1901: 76).4 Pero en el ámbito nacional el documento da cuenta de los muchos temas que eran tratados en igual número de periódicos, revistas, anuarios, diarios y boletines.5

Textos/manuscritos y sociedad son mundos interconectados y no solo en un ciclo de proveedores-consumidores. La vinculación que se da entre los participantes, habla de un esquema de grupos de lectores, lugares de sociabilización de los textos e impresos, formas de lectura y transmisión de la información, asociaciones literarias, escritores, periodistas o dramaturgos, obras, movimientos literarios, géneros literarios, órganos de producción, entre otros, y todos juntos constituyen un círculo en constante tracción.

Durante buena parte del siglo diecinueve los periódicos, junto con sus dueños y los empleados, sufrieron bastantes embates que no solo vinieron de parte del gobierno, ya que la carestía del papel; los gastos para el servicio tipográfico; la carencia de dinamismo en la política; una información cablegráfica deficiente y los pocos lectores, encontraba personajes no deseados, como el que en su momento ejerció de embudo en la venta, Trinidad Martínez (compraba las publicaciones a la mitad de su precio), quien controlaba también a gran parte de los "papeleros", que después se les conocerá como voceadores, quienes jugaron un papel importante en la transmisión de información, precisamente en su capacidad para conseguir la atención de los transeúntes mediante la exageración y la tergiversación de la información.6

A pesar de todo ello, la prensa periódica fue el medio de mayor penetración en la sociedad de la época. Para la investigadora Mílada Bazant, "el periodismo fue el único tipo de publicación que llegó a todas las clases sociales y estimuló el desarrollo de la lectura" (2006: 17). En un país en el que para 1895 apenas un 14.39 por ciento sabía leer y escribir, y para 1900 rozaba el 16.06 por ciento (Secretaría de Economía, 1956), resulta preciso acotar esa afirmación de que el periódico llegó a todas las clases sociales. Una de las posibles vías, más no la única, es que los periódicos eran leídos y/o comentados muchas veces en voz alta, en espacios de convivencia que podían ir desde un lugar público abierto hasta el hogar, la cantina o la peluquería, pero que en cualquier de los casos permitía la multiplicación de la información entre los escuchas, quienes a su vez replicaban con otros grupos en diferentes espacios.

En 1910, Julio Sesto, afirmó que el director del periódico El Imparcial, Reyes Spíndola, fue quien "enseñó a leer al pueblo de este país". Sesto atribuye la popularidad del diario por su bajo costo y llega al extremo de fincar ahí toda "la evolución de la cultura de un pueblo" (1910: 17). Más allá de que el texto de Sesto era una apología del Porfiriato, es cierto que los distintos problemas que la prensa mexicana enfrentó durante gran parte del siglo diecinueve hicieron que el público fuese generalmente reducido y poco fiel a estas publicaciones, y que resultara común que algunas de ellas duraran menos de un año en el mercado. Si bien el caso del Imparcial -cuyo dato más revelador es que para 1910, catorce años después de su aparición, llegó a tener un tiraje de cien mil ejemplares- es importante, no hay que olvidar que una parte del pueblo mexicano ya era cómplice de los periódicos desde tiempo atrás.7

A mediados del siglo, y aún en medio de la burla a una figura como el poetastro (poeta de mostrador), Frías y Soto, y Rivera, coinciden al hablar de aquel que trabajaba como cajero o dependiente de una tienda de vinos, de la siguiente manera: "Hasta aquí el vate se ha formado con la lectura de novelas y periódicos: ellos son su principal estudio, el secreto de su ciencia, el busilis de su fecundidad, la fuente de su charlatanería, y el jugo y la sustancia de sus versos" (Frías, 1974: 120).

Virginia Woolf, en Los años (1937), ambientada en 1880, relata una de las características que, creo, son piedra angular para entender este juego de asociaciones de largo aliento entre lectores y periódicos: "Aquel hombre (que escribe un editorial en el Times) siempre decía exactamente lo que la señora Malone pensaba, lo cual la consolaba y le daba una sensación de seguridad en un mundo que, según ella, iba de mal en peor" (2001: 91). Y es que todo periódico tuvo y tiene su público, ese que se identifica (precisamente en esa sensación de seguridad) y demanda la información en tenor a sus ideas, opiniones, valores y saberes no teorizados.8

Además de los periódicos, la novela fue la protagonista más fuerte en el gusto de los mexicanos. Mílada Bazant asegura que: "más que ningún otro género literario, al mexicano le daba por leer novelas. Así lo reflejan las memorias de algunas gentes de esa época, las bibliotecas privadas, los lectores de las bibliotecas públicas y los catálogos impresos en las librerías" (2005: 228). Ciro B. Ceballos, a la par que rememora a Pedro Castera y su novela Carmen: memorias de un corazón (1882), escribe: "el romántico novelista [...] autor de una mala novela [...] profusamente vendida entre los lectores de la sociedad cursi" (2006: 238). El incisivo escritor parece compartir opinión con Amado Nervo, quien recordaba que "Dumas decía que la mitad de las cartas que se pierden deben perderse, y yo creo que las tres cuartas partes de los libros que leemos no debemos leerlos" (1991: 581).9

Las librerías forman parte importante de la vinculación entre la sociedad decimonónica y la cultura escrita, no solo como el espacio para almacenar, distribuir y vender libros, sino porque durante mucho tiempo se convirtieron en lugares donde se discutían de los problemas y las ideas de la época, amén de que en estos establecimientos, además de vender libros, podía uno adquirir desde boletos para el teatro hasta para viajar, así como artículos de perfumería, medicinas o bisutería.

Tanto para los estudiosos contemporáneos como los de la época,10 y de acuerdo con los manuales de viajero, la Librería Bouret fue la librería mejor surtida de la Ciudad de México. Después de analizar los dos tomos del Catálogo general de las obras de surtido de la librería de la Viuda de Ch. Bouret (1909 - 1910, y el de 1912) que encontré en la Hemeroteca Nacional de México, destaco los puntos que considero más importantes.

La obra está dividida en 21 secciones. Las áreas temáticas que maneja van desde Agricultura, Arquitectura, Comercio, Electricidad, Geología, Gimnasia, Magia, Matemáticas, hasta asuntos amorosos. El área dedicada a la Literatura es la de mayor número de títulos, con 1,492, seguido por los del área de Enseñanza con 996 títulos. La sección de literatura ocupa 124 páginas con una variedad de autores de diversos países; los géneros: novela, teatro, poesía y ensayo.

En el catálogo de 1909 - 1910 están agrupados una serie de novelistas, tanto extranjeros como los pocos mexicanos, en doce "Bibliotecas". Dichas bibliotecas incluyen autores clásicos y escritores de la época. Cervantes será una presencia recurrente, así como Shakespeare, Maquiavelo, Homero, Platón, Virgilio, San Agustín, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Quevedo, Zorrilla o Alighieri. León Tolstoi y Dostoievski son autores con una gran cantidad de obras dentro del catálogo, especialmente si se compara que estos presentan más de una decena de títulos contra dos de Stendhal o tres de Flaubert (que no incluye por cierto a Madame Bovary).11

La poesía ocupa una quinta parte de los textos, con Juan de Dios Peza y sus cantos del hogar (1884) como una de las obras mexicanas más perdurables dentro de los catálogos de la Viuda (un éxito entre la clase media mexicana de la época), o los poemas de Manuel Acuña, sin olvidar la producción de Amado Nervo. Para el caso de la literatura infantil - incluida dentro del área de Enseñanza -, destaca toda la obra de Hans Christian Andersen.12

Grosso modo: la literatura europea dominaba la mayoría de los títulos del catálogo. Y dentro de esta literatura, las novelas fueron las reinas indiscutibles. Los llamados textos clásicos aparecían tanto en versiones caras como muy económicas, casi siempre como parte del grupo: imprescindibles. Los autores mexicanos, con poca presencia y al margen.

La diversidad de títulos, así como el dominio del área de literatura, puede leerse como parte de las prácticas lectoras y la variedad de intereses del público mexicano. También puede verse como una de las razones por la que dicha librería fue tan famosa y como una muestra de lo que la industria editorial de la época producía para el mercado hispanohablante.13

El hecho de que existan tantas bibliotecas de clásicos, así como versiones para todos los bolsillos de estos imprescindibles, nos habla de aquella necesidad de la clase media por presentarse como cultos (y así distinguirse entre los de su misma clase) y educados, es decir: civilizados; pero también como una necesidad propia de la época, ya que tal como lo reflexionaba Manuel Gutiérrez Nájera en 1893: "todo padre aspira a que su hijo suba en la escala social una grada más de la que él ha subido. El artesano quiere que su hijo sea comerciante, el comerciante espera que sea abogado, médico o ingeniero" (2007: 369), y para ello, la lectura, ergo, la cultura general, era (y es) considerada como la mejor forma de acceder a estos cambios de nivel social.14

2º acto

Nunca está de más repensar las formas en que la población mexicana adquiría información y conocimientos, ya que suponer una relación directa entre alfabetismo y capacidad de recepción de información o conocimientos es simplificar lo complejo de los procesos de formación individuales, así como eliminar las variables cotidianas que permitieron el desarrollo de redes entre los individuos y con el entorno.

En este sentido, los impresos con características particulares como las hojas sueltas y los pliegos -conocidas como literatura de cordel-, resultan una pieza importante del rompecabezas. Además de ser muy económicas (en tanto accesibles a la mayoría de la población), estos escritos involucraban en un espacio contenido, imágenes, rimas y narraciones cortas, lo cual parece permitió el acercamiento entre lectores e impresos de forma más amena, y facilitó una mayor circulación de los contenidos y la información.15

Una de las características de este modelo es que tocaban temas que le interesaban a la mayoría de la gente, y lo hacía en verso, décimas o corridas, empleando "un lenguaje sencillo y agradable, repleto de modismos que retomaban del mismo pueblo" (Flores, 2003: 171). Estas hojas sueltas, cuadernillos o pliegos desempeñaron "a veces un papel importante en la interpretación del acontecer histórico y en la difusión de las ideas" (Gilard, 2005: 310).16

La lectura en voz alta,17 y la que se hace en silencio, tienen una larga historia. Para el primer caso, su práctica y los espacios en los que se llevaban a cabo pasaban desde los ejercicios en las escuelas -como parte del método de enseñanza de la lectura (silabarios, cartillas, etc.)-, así como las iglesias, la familia, los ateneos y asociaciones literarias o científicas, hasta dentro de algunos grupos como la milicia, tal como lo recuerda emocionado el escritor y diplomático mexicano Federico Gamboa, el 11 de diciembre de 1896, respecto de su tercera novela publicada: "Nárrame Sánchez Azcona que durante la excursión reglamentaria que [...] emprende el Colegio Militar [...], llevaban los cadetes hasta cinco ejemplares de Suprema Ley, que en voz alta leían, de noche, junto a las lumbradas de los vivacs, agrupados" (Gamboa, 1908: 279).

José M. Rivera, en 1855, describe al cajista18 como un "hombre de letras, lo mismo que el zapatero lo es de hormas y el escribiente señor de plumas" (1974: 167), ya que estos personajes poseían información que gustosos compartían con su entorno y quien quisiese escucharlos, es decir, multiplicadores de los contenidos impresos. Para el autor, estos personajes tenían información de los toros de las corridas de igual manera que hacían crónicas teatrales o de bailes: "El Cajista, en suma, es un ser a quien nada se le escapa; que todo lo atisba, todo lo ve, tolo lo indaga, todo lo sabe, en fin; y sería una magnífica Guía de Forasteros si fuera posible colocarle una Fe de erratas: sería un diario de avisos inmejorable, si el mismo quisiera hacerse de sí miso editor responsable" (1974: 169). Pero no fueron los únicos, entre los otros componentes del entramado social, M. Rivera denomina, por ejemplo, al Barbero: "una gaceta viviente, o lo que es igual, el hombre periódico" (1974: 26), y así podemos seguir rastreando a estos voceros por convicción, los cuales dudo mucho que se hayan diluido al finalizar el Porfiriato.

El gusto por conversar, criticar, compartir las ideas impresas, convertirlas en asuntos de discusión, reflexión o burla, permite a los sujetos hacerse con información de una forma directa, sin por ello olvidar que dicha información no llegaba en su estado original, ya que además del ánimo por la tergiversación, el pasar de boca en boca permite suponer que sufría de modificaciones, aumentos, olvidos o exageraciones de acuerdo con las particularidades del hablante y las posibilidades y disposiciones del escucha.

La lectura dentro del ámbito familiar porfiriano encuentra un aliado en las madresposas.19 A las mujeres, especialmente a aquellas de la clase media que pretendían adecuarse a las normas de conducta y los valores del momento, les estaba asignado el papel de educadoras de los hijos en los primero años de vida, fundamentalmente para introducirlos en las primeras letras, las reglas de urbanidad básicas, pero sobre todo para inculcarles los conceptos y las prácticas religiosas (católicas en este caso). Para ello se apoyaron en los catecismos, las hagiografías y otros impresos, los cuales no fueron borrados del mapa mental por obra de una afirmación anticlerical o positivista, pues "el desvanecimiento de la hegemonía del catolicismo no fue masivo ni lineal durante el siglo XIX […] (además), la Iglesia (contó) con las mujeres para perpetuar su influencia" (Corbin, 2005: 57).

En los ámbitos formales de la educación, como parte del afán modernizador en el Porfiriato, se realizaron varias tentativas para modificar los modelos de enseñanza. A partir de 1883, con el método moderno, en el cual se enseñaba de manera simultánea a leer y escribir, hubo que adecuar los contenidos del libro de texto.20

Uno de los objetivos fue que los niños(as) aprendiesen a leer, comprender y desarrollar su capacidad para expresarse, por ello, "el tema de los libros de texto estaba en el centro del debate educativo del Porfiriato, era motivo de polémica y desacuerdos entre diversos grupos de intelectuales, educadores e incluso padres de familia […] el gobierno de Díaz los consideró como materiales básicos para la formación de los futuros ciudadanos, por lo cual estimuló su publicación y lectura" (Meníndez, 2004: 101).

Sin embargo, varias investigaciones nos indican que, pese a lo encendido de muchos discursos desde las élites intelectuales o de los intentos impulsados desde el gobierno, e incluso por encima de la cantidad y variedad de impresos que aparecieron en la época, las buenas intenciones no fueron suficientes. Podemos argumentar que la gran mayoría de sujetos de la época debían cubrir otras necesidades antes que aprender a leer o fomentar entre sus hijos la lectura, o que la aspiración de cultura era el terreno de la clase media, pero en cualquier caso, y de forma muy general, puede decirse que la lectura entre los habitantes del México decimonónico fue un ejercicio minoritario, y ahí están las múltiples quejas y los malos augurios al respecto que dejaron, los que no siempre leían pero sí que escribían, en una extensa línea de impresos.

3er acto

Hoy, a la distancia, podemos inferir que muchos de los planes y los proyectos educativos planteados durante buena parte del siglo XIX, y en especial en el Porfiriato, estuvieron permeados por las esperanzas, los anhelos y los miedos de esa sociedad "ufana de sus propias virtudes y deseosa de reformar sus vicios"(Staples, 2005: 11). Pero también permite suponer que aquella insistencia sobre la educación como la panacea encontró en la terca realidad a su peor enemigo.

Nadie duda de que el siglo XX mexicano dejara una estela de grandes avances en todas las áreas del conocimiento; y que a pesar de las pausas trágicas por las guerras intestinas, se continuara luchando contra el analfabetismo. Pero de nueva cuenta, hay casos de éxito y patéticos descalabros. Así como se orquestaron campañas de alfabetización o de promoción de la lectura desde el gobierno y las escuelas, también surgieron encendidos debates por los contenidos de los libros de texto (los espinosos temas de la sexualidad y la religión como mejor ejemplo) o los planes de estudio. El deseo por aumentar el número de lectores se mantuvo vivo todo el siglo. Así como las lamentaciones por no conseguirlo.

Pese a todo, llegamos al sigo XXI. Y ahora nos enfrentamos a otros paradigmas educativos, pero seguimos con el mismo asunto pendiente: el bajo porcentaje de lectores en México. Así que, como una forma de contribuir al debate, comienzo el cierre con algunas reflexiones.

Cierto es que ayer, de forma mayoritaria, la letra se adhería a una hoja (por usar un genérico) y que hoy muchas de ellas flotan en lo virtual. Creo que es válido decir que actualmente ya no estamos en la República de las Letras, sino en la República de las Pantallas. Como lo reflexionan Lipovetsky y Serroy:

El siglo que hemos dejado atrás y el que hemos empezado nos ha enseñado […] que hay un poder en la pantalla en cuanto tal. Este poder le viene de nacimiento: el lienzo de la pantalla de cine (el primer momento) […] ejerció inmediatamente una especie de captación extrema, porque atraía y subyugaba a los espectadores, que no podían apartar los ojos de él […] La televisión (segundo momento) captó por su cuenta esa magia de la pantalla. La atracción que produjo al principio […] se ha atenuado mucho […] pero todavía ejerce esa poder que hace que la encendamos todos los días de forma casi mecánica […] Es lícito pensar que gracias al ordenador personal hemos entrado en un tercer momento. La inmediatez, la interactividad, el acceso a todo a golpe de clic son aspectos que generan una nueva seducción (Lipovetsky, 2009: 312 - 314).

Día a día, los dispositivos electrónicos se multiplican más allá de la tímida clasificación de fijos y móviles. Ahí están las pantallas de las tabletas, de los dispositivos para los videojuegos, de los lectores de libros electrónicos y de los llamados eufemísticamente teléfonos inteligentes.

Vale la pena recordar que, antes de lo que Lipovetsky y Serroy llaman el tercer momento, existieron debates en torno a la desaparición del libro y el bajo número de lectores por la irrupción de los medios emergentes. El cine fue, en alguna parte de la historia, el enemigo principal de la lectura, ya que aquella idea de que resultaba más entretenido ver la película que leer el libro, provocó un rictus de dolor en más de un amante y promotor de la lectura. Para el caso de la televisión fue algo similar: las acusaciones fueron varias y, en cualquier caso, el libro, la lectura y el sujeto (casi siempre joven) rimaron mal frente al poder disuasorio de las imágenes de la "caja tonta". Pero no hay que dejar a un lado que estos medios pueden, en ciertos momentos, pendular de un extremo a otro, ya que más de una vez han probado su capacidad para producir obras maestras de la emoción así como nuevas categorías de lo banal o incluso superar a la propia estupidez, y en otros, situarse en cada uno de los matices que hay del negro al blanco con sus consabidas variantes del gris.

La ruta de viaje que engarza el cine con la televisión y con los dispositivos electrónicos nos indica que muchos de los internautas llegaron a las playas de la Web con un bagaje bastante pesado, y que muchos otros, por edad especialmente, han aprendido a surfear en las tres olas con gran facilidad, arrastrando consigo algunas características de un medio a otro al grado de que hoy es difícil precisar quién le presta a quién.

Que los programas televisivos y de radio (noticias, análisis políticos o de espectáculos) suelan tomarle el pulso a las redes sociales, especialmente a Twitter o Facebook, da cuenta, primero, de los préstamos que se realizan entre unos y otros, así como de las mutuas dependencias si lo que se busca es incidir en la agenda pública del debate, llegar a un mayor número de personas o simplemente cooperar al ruido de un nuevo escándalo.

Es un hecho: los temas del momento (trending topics en inglés) en Twitter han alcanzado notoriedad y han conseguido permear en un mayor número de hogares gracias a la complicidad con los otros medios. Y es común encontrar que la televisión o la radio hagan el papel de receptores y ecos de la información de algún tuit, y asimismo, es práctica cotidiana que alguien tuitee alguna noticia que ha sido publicada en un medio impreso o en los diversos sitios de la Web (periódicos, revistas, cadenas de televisión) o en las plataformas de videos como YouTube. Es decir, todos estos medios funcionan como proveedores y consumidores a la vez en un círculo que genera sinergias de distintas índoles.

Creo que el mundo de las pantallas ha demostrado su extraordinaria capacidad para adaptarse a los tiempos y, sobre todo, para utilizar todo lo que está a su alcance, sea porque está de moda, porque es un tema escabroso, por su permanencia en el tiempo o por las propias búsquedas personales o de ciertos colectivos. Un buen ejemplo es el cine, el cual, durante muchos años, ha sido el reproductor por excelencia de las llamadas obras clásicas de la literatura: ahí están como prueba las múltiples versiones de Hamlet, Jane Eyre, Romeo y Julieta, Sherlock Holmes, Ana Karenina, Drácula o las novelas de Jane Austen, las cuales son capaces hasta de cohabitar con la moda de los zombis.

El ámbito editorial no ha sido inmune a estas dinámicas comunicantes entre las pantallas. Por el contrario, desde las confesiones de escritores que admiten las influencias de directores de cine o de películas en particular hasta el acompañamiento publicitario de ciertos libros, tanto impresos como digitales, que ponen en relieve al texto como el material primigenio para tal película o para aquella serie de televisión.

De igual manera, algunos de estos libros suelen presentar características de guion cinematográfico o televisivo: prima la escena corta, los personajes fácilmente identificables (en tanto estereotipados), el objetivo y el obstáculo van de la mano y hay más peso en la acción que en los diálogos. Muchos de los textos que entran en las listas de los libro más vendidos son un buen ejemplo. El Código da Vinci, Los pilares de la Tierra o 50 sombras de Gray, comparten la máxima: "hay que dar más importancia a la historia que se cuenta que a la manera de contarla" (Viñas, 2009: 105) y ostentan unos certificados de lectura que hablan de obscena cantidades de ejemplares impresos y, lo más importante, multitudes de sujetos que leen y se aficionan a estos autores y consumen todo lo que de estas obras pueden derivarse.21

Nos guste o no, los libros súper ventas, las revistas concentradas en el mundo del espectáculo o las deportivas, el cómic, las revistas ilustradas de bajo costo o aquellas "dirigidas" al público femenino o masculino, las novelas eróticas-románticas, los periódicos sensacionalistas, los libros de autoayuda, los autoeditados o la llamada literatura religiosa, por mencionar solo algunos ejemplos, también forman parte de las prácticas y hábitos de lectura de la población en general.

La línea divisoria entre literatura culta y literatura popular ha demostrado con los años su porosidad y, en algunos casos, un carácter equívoco. Y esto sirve igual por igual al cine, la tele y no es de extrañar que esté presente en los ambientes virtuales. La insistencia por establecer dicotomías, en algunas ocasiones, ha dibujado falsas antípodas. Desde el cine de arte hasta el cine comercial, como de la telebasura a las series (mayoritariamente de manufactura estadounidense) que hoy encuentran a su público incluso entre los intelectuales.

Pero eso no es todo. Hoy, cada vez más sujetos le exigen a la Red, al cine y a la televisión, inmediatez, demasía (sonido, imágenes y color)22, velocidad, superficialidad y brevedad (en diálogos e historias). De nueva cuenta, el mercado editorial no es ajeno a estas exigencias. Los libros responden también de acuerdo con las modas, y la emergencia de ciertos grupos de lectores, tal como ha sucedido en los últimos años con los niños y los adolescentes, quienes se han convertido en devoradores de historias como Harry Potter o de las trilogías de Crepúsculo, Divergente o Los juegos del Hambre.

¿Y cómo afecta todo esto en los parajes de la lectura? Lorenzo Soccavo, por ejemplo, habla de una revolución de la lectura mucho más significativa que la ocurrida por la aparición de la imprenta. El autor cree que la "gran mutación en el entorno del libro y de la lectura", está presente en cuatro niveles. El primer nivel lo centra en las prácticas lectoras y documentales.23

Podemos hoy constatar una modificación de las prácticas lectoras en tres niveles. 1er nivel: una lectura menos lineal y más fragmentaria, fruto de la lectura que denominamos "enriquecida" o "aumentada", hipertextual e intercalada con contenidos multimedia. 2º nivel: una lectura social, fruto del desarrollo de las redes sociales, una lectura comentada, compartida y potencialmente enriquecida con la escritura de los llamados lectores colaboradores. 3er nivel: una lectura conectada, fruto del desarrollo del cloud computing, una lectura en tiempo real (streaming), como sucede con la escucha de música o con los vídeos bajo demanda (Soccavo, 2013: 9).

Las aparentes ventajas del uso de la Red y los videojuegos, como por ejemplo, la supuesta habilidad de realizar o atender varias actividades al mismo tiempo (lo que en inglés llaman multitasking), aparece como una competencia generada en los consumidores, misma que permitirá enriquecer los hábitos lectores. Pero para el filósofo Byung-Chul Han, "la atención multitasking no significa un progreso para la civilización […] se trata más bien de un retroceso. En efecto, el multitasking está ampliamente extendido entre los animales salvajes. Es una técnica de atención imprescindible para la supervivencia en la selva" (2012: 33 - 34).

Pero más allá de la acumulación de nuevas definiciones, o la readecuación de los viejos escenarios, las noticias no terminan ahí. Para Soccavo, "el libro, y en general el soporte impreso, ya no es en 2013 la principal vía de acceso a los saberes, ni siquiera el principal soporte de la escritura" (2013: 10). Y aunque el autor matiza que esta transición probablemente se consolide hasta la siguiente generación, creo que este tipo de afirmaciones requieren pasar más de una vez por el tamiz de la comprobación y la reflexión, antes de tomarlas como medicina prescritas por el médico especialista.

Asimismo, conviene leerlas como una saludable provocación para generar más preguntas alrededor del tema y no para engrosar la lista de motivos que festejan la aparición de la Red como si fuese un milagro o la puerta del paraíso, porque como toda celebración anticipada es directamente proporcional al grado de decepción. Y esto no es una invitación a convertirse en el enemigo de la Red. Simplemente creo que necesitamos seguir haciendo estudios y análisis sobre las prácticas y los hábitos de lecturas en ambientes virtuales o electrónicos, en lugar de estar ocupados en anunciar con bombos y platillos la desaparición (definitiva) de los libros impresos o el fallecimiento de la lectura.

Estoy convencido de que un acercamiento al mundo virtual sin tantos prejuicios ni tantas esperanzas puede dar mejores respuestas, porque, como lo reflexiona Byung-Chul Han, "cojeamos tras el medio digital, que, por debajo de la decisión consciente, cambia decisivamente nuestra conducta, nuestra percepción, nuestra sensación, nuestro pensamiento, nuestra convivencia. Nos embriagamos hoy con el medio digital, sin que podamos valorar por completo las consecuencias de esta embriaguez" (2014: 11)

Cae el telón

La Red es un medio más, pero no es el origen del adiós a los libros, ni la solución para los problemas de los modelos educativos, ni el final de las desavenencias sociales. Alabar, al igual que condenar, más que verbos transitivos son verbos extremos, lo cual hace pensar en cosa juzgada, y en estos asuntos de la virtualidad y la lectura estamos apenas en la fase de presentación de pruebas. Además, que muchas personas hayan mudado de soporte en materia de lectura no disuelve lo enrevesado del fenómeno.

No hay que olvidar que "en la experiencia humana no hay fenomenología más compleja que la de los encuentros entre texto y percepción" (Steiner, 2007:59). ¿Se sostiene la idea si cambiamos texto por pantalla? Creo que, en lo general, sí. Además, como lo señala Michèle Petit, "al leer, en nuestra época, uno se aísla, se mantiene a distancia de sus semejantes, en una interioridad autosuficiente. La lectura es una habitación propia, por usar las palabras de Virginia Woolf. Se separa uno de lo más cercano, de las evidencias de lo cotidiano. Se lee en las riberas de la vida" (1999: 26).

¿Puede decirse que sucede lo mismo al leer en la Red? En cualquier caso, ambas ideas pueden ayudarnos a volver a colocar al sujeto en el centro del debate y, a partir de ahí, estudiar las relaciones y vinculaciones que pueda éste establecer con el o los soportes de lecturas, sin olvidar asuntos tan importantes como "la alquimia de la recepción, (ya que) nunca es posible controlar realmente la forma en que un texto se leerá, entenderá, interpretará" (Petit, 1999: 25).

La parte más compleja de este matrimonio descansa en la persona, en el pacto que firma con las palabras, con esas oraciones que dicen algo desde la tinta o en una pantalla, pues, a pesar del "atractivo de los libros súper ventas […] y de las películas taquilleras, los gustos y las prácticas de los individuos, irremediablemente se particularizan, se diversifican, se diferencian" (Lipovetsky, 2015: 317). Además, al entrar en contacto con las creencias, ideas, prejuicios o suposiciones de quien lee, las palabras dejan de ser del autor para formar parte de un nuevo texto, ya que "el lector no consume pasivamente un texto; se lo apropia, lo interpreta, modifica su sentido, desliza su fantasía, su deseo, sus angustias entre las líneas y los entremezcla con los del autor" (Petit, 2001: 28).

Por el momento se sigue aceptando que el paso de la edición impresa a la edición digital cambiará las prácticas de lectura, y se supone que todos aquellos que quieran leer optarán por hacerlo en la Red o mediante un dispositivo electrónico (y quizás para mañana a través de gafas o de audífonos). Pero las investigaciones al respecto, tanto desde el ámbito de la sociología, la literatura o directamente de la neurología, nos alertan de que el papel tiene larga vida, y que la última palabra, seguramente, la tendrán los lectores.24

El tener acceso a libros (electrónicos, impresos o virtuales) no garantiza por sí mismo el aumento de la lectura. Existen otras tantas variables como la raza, el género, la edad, el nivel socioeconómico, entre muchísimos etcéteras más, que hablan de la formación de un sujeto, y están también los deseos y las búsquedas de estos mismos, así como las influencias externas (lo mediático como el representante máximo), sin dejar a un lado las variables de época, geografía o economía.

El espacio virtual se presenta como un ambiente libre, sin fronteras, en el cual el individuo puede conseguir todo tipo de literatura, así como consultar noticias en varios idiomas, buscar en bibliotecas virtuales de todas partes del mundo, compartir ensayos, artículos o escritos propios. Es lugar común decir que, gracias a los medios digitales, cualquier persona puede crear su propia biblioteca virtual con lo más diverso del pensamiento mundial o con los últimos best sellers. Pero no creo que eso sea el punto nodal de la reflexión.

Mayor información no es necesariamente mayor conocimiento. Acumular libros electrónicos no garantiza que sean leídos. El surgimiento de los, digamos, líderes de opinión en espacios como YouTube (conocidos como los Booktubers), nos indican que, entre la maraña de la variedad y la cantidad, la gente suele buscar puntos de apoyo para no sucumbir ante el vértigo, de la misma manera que algunos lectores (o posibles lectores) lo hacen con la lista de los libros más vendidos o aquellos que suelen inclinarse ante los textos que tienen premios, o los que no quieren complicación alguna y optan por los "imprescindibles" que, como vimos en el caso de los catálogos de la librería de la Vda. De Ch Bouret, arrastran el aura de necesarios (en tanto iluminadores) y esa capacidad para dar lustre a quien se atreva a acercarse a ellos.

En este sentido viene muy a cuento la reflexión de Enrique Serna, dado que se ha levantado una suposición gigantesca de que para leer a los clásicos, "se necesita conocer la bibliografía y el contexto sociocultural del autor, saber encuadrarlo en las corrientes literarias de la época, haber estudiado a sus precursores y estar familiarizado con el estilo de sus obras" (2013: 213), pero como bien nos recuerda el propio Serna, "si fuera necesario tener una preparación previa para las lecturas que nos cambian la vida y sabes ubicarlas en el mapa de las letras universales, nadie se habría iniciado nunca como lector" (2013: 213).

Pero lleguemos a los datos. De acuerdo con IAB México, Millward Brown y televisa.com, en su 8ª edición del Estudio de Consumo de Medios entre Internautas Mexicanos (2016), el 57 por ciento de la población mexicana son internautas (unos 68 millones). De este grupo, el segmento Millennials (mexicanos hombres y mujeres entre 24 y 30 años de edad) son los que más tiempo pasan conectados a Internet, con un promedio de más de 7 horas al día. Este segmento revisan sus redes sociales 5 veces al día. Los Late Millennials (mujeres y hombres de 25 a 34 años) sobresalen por consumir videos de salud (67%) y ejercicio (59%).25

En la Encuesta Nacional de Lectura de 2012, realizada por la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura, A.C., se concluía: "en México se lee menos […] la lectura sigue siendo un asunto estrictamente educativo y […] el acceso a la cultura escrita está seriamente restringido para la mayoría de la población".26 En la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales que realizó el entonces CONACULTA en 2010 los resultados hablan de situaciones similares: el 27 por ciento leyó al menos un libro en los últimos doce meses y el 68 por ciento no leyó ninguno.27

A la par de las encuestas, los números y las estadísticas suelen aparecer las quejas y las lamentaciones sobre el poco gusto que los sujetos en general demuestran ante un libro y por la llegada del nuevo mesías electrónico. Es y ha sido una constante, marcar las diferencias. Por ejemplo, Federico Gamboa, en lo que será su primer diario, escribe: "26 de septiembre de 1896. Es legión la que en "una convidada de copas" se gasta más, pero mucho más de lo que importa un libro" (1908: 273). En el siglo XXI, Guillermo Sheridan afirma en un artículo: "Ya no es apreciación subjetiva sino hecho científicamente demostrado: al mexicano no le interesan los libros". (2007). Y el escritor mexicano Jorge Volpi advierte: "El predominio del libro electrónico podría convertirse en la mayor expansión democrática de la cultura desde la invención de la imprenta […] Desaparecerán librerías y distribuidores y pocas bibliotecas almacenarán títulos encuadernados. El cambio es drástico, inmediato e irreversible. Tendremos que superar nuestra nostalgia". (2011).

Hay muchos más ejemplos, pero por ahora quedémonos con las tres muestras. Lo que busco destacar es que, por un lado, pareciera que cierta clase intelectual se ha estancado desde hace años en el pozo de las lamentaciones por la falta de lectores. Y aunque las quejas suelen variar en cuanto a forma, el libro (aún en su versión digital) continúa apareciendo como el objeto representativo de la cultura y la lectura como una vía para la mejora personal y social. En otro lado, aparece la educación, como la fórmula que nadie se atreve a concretar porque entonces pierde su cariz de esperanza y su calidad de fórmula mágica.

Cuando se dice que a los mexicanos no les interesa el libro, hay que preguntarse ¿a qué se refieren cuando utilizan el genérico libros? ¿Aquellos que sí leen no son mexicanos? Quizás haya que superar otras cosas antes que superar nuestra nostalgia como supone el ansioso sepulturero Volpi; por ejemplo, ese muro que tan cómodamente divide a los cultos de los otros, los bárbaros, alías los ignorantes funcionales. No hay que soslayar que "queda el libro. El desafío es aquí de primer orden: tocarlo es tocar un pilar de nuestra civilización. De ahí el carácter condenatorio que adoptan las previsiones de las Casandras que en el creciente poder de la pantalla ven perfilarse la tumba de un mundo" (Lipovetsky, 2009: 311).

La lectura es un animal de muchos rostros, que casi siempre deja dos huellas en su andar: "el poder absoluto que se atribuye a la palabra escrita, y por otro, por la irreductible libertad del lector" (Petit, 1999: 21). Correcto, pero ahora estamos frente a la palabra virtual. ¿Le atribuimos ese mismo poder a la palabra cuando aparece en un blog, como un comentario en una red social o en la página oficial de una Universidad prestigiosa? ¿Este tipo de lector internauta es un sujeto preso de la hiperactividad, las emociones fugaces y la saturación de la información?

La sociedad ha cambiado; los gobiernos, digamos que también, pero a pesar de insistir desde su particular trinchera con campañas de promoción y fomento de la lectura, las cuales se han movido desde lo divertido hasta lo patético, no han conseguido tener un impacto directo en el aumento de sujetos lectores.28

Los individuos que leen, desde libros hasta chats, son el resultado de muchas evoluciones. Ya no son como aquellos sujetos decimonónicos, y tampoco como los del siglo XX, ese siglo que dejó sus heridas y sus logros, así como el perfilado camino hacia el híper individualismo. Hoy, la serpiente del milenio sisea directamente al oído del individuo de la modernidad tardía y le propone: desnúdate, has vuelto al paraíso, y ellos acceden a develar su vida entera, en busca de algo: "El régimen hiperindiviudalista del consumo que se despliega es menos estamentario que experiencial, hedonista, emocional, es decir, estético: lo importante en adelante es sentir, vivir momentos de placer, de descubrimientos o de evasión, no el vivir de acuerdo con códigos de representación social". (Lipovetsky y Serroy, 2015: 23)

Este tipo de sujeto, con sus ansiedades y deseos, que olfatea en el abismo de la Red con miedo pero excitado, es quien hoy lee, se topa con letras o las busca, y es también quien mañana querrá leer, o se sentirá tentado a hojear un libro, a escucharlo, a consultarlo en Internet o a pasar la vista sobre su pantalla favorita.29

Quizás, como propone Viñas Piquer, debamos tomar más en serio la variable del placer cuando se piensa en lectores (actuales y futuros), pues "no es que se trate de ganar lectores a cualquier precio; de lo que se trata es que los lectores salgan ganando. Y solo si experimentan el placer de la lectura parece esto posible […] o el único derecho que acabará ejerciendo será el derecho de no leer". (2009: 129)

Resulta muy preocupante el supuesto de que México no es un país de lectores, y no lo será jamás, pues semejante pervivencia en el tiempo parece ser muy cómoda para algunos sectores, tanto desde el gobierno como de las elites intelectuales, que no parecen dispuestos a ceder ni un ápice de aquello que han definido como su terreno (el campo literario, diría Bourdieu). Insisto: hay que continuar arando sobre el tema, y hay que hacerlo con todos los participantes del juego, pero sin perder de vista al individuo, que es el eje inequívoco de esta historia.

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Notas

1 Al realizar la clasificación de las obras de una biblioteca del siglo XVII (724 libros), de acuerdo con su contenido, Clara Elena Suárez encuentra que, de 313 títulos, el 39.3% correspondían a temas religiosos, 10.64% a medicina, 10.32% a historia, 6.45% lengua y literatura, 6.12% leyes y jurisprudencia, 3.87% política, 2.9% filosofía, 2.25% veterinaria, 11% de difícil clasificación. (Suárez Argüello en Castañeda, 2004: 195 - 216).

2 Lo que se ha dado por nombrar como el primer reportaje hecho en América, impreso en la ciudad de México por Juan Pablos en 1541, como una hoja volante, es un buen ejemplo de información, pero también es una muestra de los valores de la época, así como de las prácticas o los imaginaros sociales. El impreso dice: "Relación del espantable terremoto que ahora nuevamente ha acontecido en las Indias en una ciudad llamada Guatemala es cosa de grande admiración y de grande ejemplo para que todos nos enmendemos de nuestros pecados y estemos apercibidos para cuando Dios fuere servido de nos llamar".
Consultar: http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/ojs_rum/files/journals/1/articles/12064/public/12064-17462-1-PB.pdf

3 Aunque nunca llegaran a los límites de la imaginación (e ironía) de Julio Torri en su cuento de 1917: "Era un país pobre": "Entonces se notó por primera vez un curioso fenómeno, muy citado en adelante por los tratadistas de Economía Política: el apogeo literario producía un alza de valores en los mercados extranjeros. ¡Qué sorpresa para los hombres de negocios! ¡Quién iba a sospechar que los libros de versos y embustes poseyeran tan útiles virtudes!
[...] Se dictó una ley que puso a la literatura y demás artes bajo la jurisdicción del ministro de las finanzas [...] En la Bolsa se hablaba corrientemente de realismo e idealismo, de problemas de expresión, de las Memorias de Goethe y de los Reisebilder de Heine. El ministro de las finanzas presentaba por Navidad al Parlamento un presupuesto de la probable producción literaria del año siguiente: tantas novelas, tantos poemas [...] Las mayorías gubernamentales estaban por los géneros en prosa, mientras que las izquierdas de la oposición exigían siempre mayor copia de versos". (Torri, 2008: 18 - 19).

4 En todos los casos de citas de textos del siglo XIX se ha adecuado la ortografía a la época actual.

5 El autor da cuenta de 71 textos, desde El Abogado Cristiano; los Anales de la Sociedad Mexicana de Cirugía; el Boletín de Estadística Fiscal; el Semanario de asuntos Económicos y Estadísticos; la Guía Mensual Passe-Partout (tarifas, ferrocarriles, etc.); El Minero Mexicano; la Revista de Legislación y Jurisprudencia; el Tiempo Literario Ilustrado; El Popular; el Courrier du Mexique et de l'Europe; The Mexican Herald hasta el Deutsche Zeitung. (Galindo y Villa, 1901: 76 - 79)

6 "Trinidad Martínez, a quien apodaban El General, fue el primero en impulsar la circulación de los periódicos por el procedimiento del pregón o voceo, pues entregaba las hojas del día, todavía húmedas [...] anunciándolas a gritos y en forma escandalosa. Para inflar las noticias, aquellos muchachuelos endiablados no había reputación que no hicieran añicos ni crimen que no elevaran al máximo horror. En unos cuantos gritos despojaban al más honrado de su honra, convertían en asesino al más manso o ponían en bancarrota al más pudiente. La despreocupación ponderativa de esos "papeleros" llegó a desmanes tales que las autoridades se vieron compelidas a obligarles a mencionar simplemente el título del papel impreso ofrecido en venta por ellos". (Ceballos, 2006: 155 - 156).

7 Consultar: Abramo Lauff, Marcelo y Yolanda Barberena Villalobos (1998). El estadio. La prensa en México (1870 - 1879). México, INAH. Pérez-Rayón, Nora (2001) México 1900: percepciones y valores en la gran prensa capitalina, México, Porrúa, UAM Azcapotzalco. Adriana Pineda y Fausta Gantús (coord.) (2013) Miradas y acercamientos a la prensa decimonónica, México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Red de Historiadores de la Prensa y el Periodismo en Iberoamérica. De estos últimos, visitar el sitio en internet http://reddehistoriadoresdelaprensa.blogspot.com.es/

8 Como reflexionó Walter Benjamin: "la asimilación arbitraria de los hechos va de la mano de la asimilación igualmente arbitraria del lector, que se ve convertido de repente en colaborador de su periódico" (2009: 239).

9 Al revisar las obras que se anunciaban en el periódico La patria ilustrada del 7 de julio de 1884, destacan autores como Ireneo Paz Cardos y violetas), la novela La niña Mártir y la mujer verdugo de José Negrete; La Ralea y Una página de amor de Emilio Zola, Maese Cornelio de Balzac, La hija adoptiva de Alejandro Dumas o la poesía de José Peón Contreras. En resumen, de 27 obras que se anunciaban, 15 eran novelas, 3 poesías y 9 de temas varios. Desde la imprenta del Diario del Hogar (4 de enero de 1885) destacan por mayoría las novelas del colombiano Jorge Isaacs (María) o de los mexicanos Vicente Riva Palacio (Calvario y Tabor) e Hilarión Frías y Soto (El hijo del estado).

10 Consultar: Zahar, Vergara, Juana. (1995). Historia de las librerías de la Ciudad de México: una evocación, México, UNAM. García Cubas, Antonio. (1904). El libro de mis recuerdos: Narraciones históricas, anecdóticas y de costumbres mexicanas anteriores al actual estado social. Ilustradas con más de trescientos fotograbados. México: Imprenta de Arturo García Cubas, Hermanos Sucesores.

11 Otros autores que aparecen son: Goncourt, Daudet y E. Zola. Alejandro Dumas, Nietzsche, Balzac, Ibsen, Schopenhauer, Maupassant, Víctor Hugo, Voltaire, Edmundo de Amicis, Calderón, Emilio Castelar o Spencer Herbert. Para el caso mexicano: Ignacio M. Altamirano, Manuel Gutiérrez Nájera, José López Portillo y Rojas, Amado Nervo, Federico Gamboa, Justo Sierra, Pedro Castera, Manuel Carpio, Francisco Bulnes, Julio Guerrero, Lucas Alamán entre otros más.

12 Aunque no está dentro del catálogo, vale la pena mencionar los cuentos para niños y manuales de urbanidad que escribió José Rosas Moreno, cuyas producciones alcanzaron varias reimpresiones. Por ejemplo (1878) Fábulas. México: Imprenta de la Vda. e Hijos de Murguía. 4ª.edición. (Guadalajara, León y la Ciudad de México). (1877) La ciencia de la dicha. Lecciones de moral en verso. México: Imprenta de la Vda. e Hijos de Murguía. 3ª.edición. (Guadalajara, León y la Ciudad de México). (1877) Nuevo amigo de los niños. México: Antigua Imprenta de Murguía. 6ª.edición. (Guadalajara, León y la Ciudad de México). (1889) Un libro para mis hijos: últimos pensamientos, máximas, consejos, fábulas y poesías. La moral verdadera al alcance de los niños. México: Librería de Murguía. 3ª.edición. (Guadalajara, León y la Ciudad de México) (1892) Nuevo libro segundo para uso de las escuelas, edición número 25.

13 Es verdad que es el área de literatura la que mayor número de ejemplares presenta, mas no por ello pierden brillo otros tipos de escritos. Los asuntos sobre la raza, la educación y las cuestiones sociológicas tenían una buena presencia en el catálogo (en cuanto a cantidad y variedad). De nueva cuenta, llama la atención que la pluralidad y el número de impresos de la época no coinciden, en una primera aproximación, con el bajo porcentaje de personas alfabetizadas en la época.

14 Nunca está de más volver a visitar la obra de Peter Gay (1992). La experiencia burguesa. De Victoria a Freud, 2 tomos, México, FCE.

15 "Pliegos y hojas sueltas, con escandalosos encabezados e ilustraciones de Manuel Manilla y José Guadalupe Posada, que daban noticia de hechos y apariciones milagrosas, de fenómenos o desastres naturales, de sucesos políticos y de crímenes sensacionales, además de entretener a sus lectores con los pleitos de casados y las aventuras de Don Chepito Mariguano […] Por lo general abrían con una redacción en prosa y cerraban con versos o corridos, que sintetizaban el contenido del relato o reafirmaban el mensaje del narrador". (Speckman, 2001: 68 - 69)

16 El gusto por este tipo de impresos dentro del público mexicano también habla de una forma de convivencia que habría que investigar con más detalle, especialmente en ese ánimo de los lectores por saborear las caídas ajenas o por recrear los vicios y defectos, reales o imaginados, de los otros, de todos aquellos que eran sujetos y objetos de ser exhibidos de manera impresa. Por ejemplo, durante la conmemoración de los difuntos, según recuerda Ceballos, cualquiera con un poco de ingenio y el acceso a un medio de impresión, lanzaban al aire de forma ilustrada, casi siempre, "cuartetas, acrósticos o espinelas chirles, aludiendo a los personales defectos de la víctima, o difamándola en su vida privada, o bien, insultándola de una manera tan gratuita como soez [...] mientras más groserías contenían más solicitadas eran" (Ceballos, 2006: 273).

17 Frenk, Margit. (2005). Entre la voz y el silencio. La lectura en tiempos de Cervantes, México: Fondo de Cultura Económica. Ong, Walter J. (2006). Oralidad y escritura. Tecnología de la palabra, Buenos Aires, FCE.

18 "Con los tipos ordenados en las cajas se iniciaba la composición o tarea de cajista que consistía en colocar tipo a tipo, línea tras línea, hasta completar la página en un marco metálico llamado rama. La composición, una vez unida y fijada fuertemente en la rama, estaba lista para colocarla bajo la prensa" (Grañén, citada en Castañeda 2007: 87).

19 El término lo tomo del texto de: Lagarde y de los Ríos, Marcela (2003). Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas, México, UNAM.

20 "Desde los primeros congresos pedagógicos en México, se advirtió sobre la existencia de libros extranjeros mal traducidos y sin apego a las ideas y aspiraciones del país […] para finales del siglo XIX ya se había consolidado un pequeño grupo de editoriales dedicadas a la edición escolar destinada a la educación primaria. En España aparecieron las editoriales madrileñas de Calleja y Magisterio Español, junto con las de Hernando y Gómez Fuentenebro, y las catalanas de Bastino, Dalmau Carles y Salvatella. Sus obras circularon en México, además de las sucursales que se establecieron en México como la de Herrero Hnos., la vda. de Bouret y la Appleton. Fueron éstas quienes se encargaron de modernizar los libros de texto, pues respondieron a las sugerencias pedagógicas de la época" (Martínez, 2004: 133)

21 Es cierto que este tipo de obras no gozan de buena crítica entre ciertos grupos sociales, pero no hay que olvidar que, como lo señala David Viñas, "sin el poder seductor de una obra literaria la mercadotecnia, por muy sofisticada que sea, no tiene nada que hacer […] (y) sin sutiles estrategias comerciales no hay best seller, por muy seductora que sea una obra" (2009: 17). Asimismo, habría que reflexionar que la mayoría de estos libros superventas son escritos originalmente en inglés. El caso del best seller escrito en español, si bien existe, queda en un segundo lugar muy alejado del caso anglosajón.

22 Y "sus componentes: lo exagerado, lo hiperbólico, lo múltiple, lo sobreabundante, lo desbordante, lo excesivo" (Lipovetsky, 2009: 82)

23 El segundo nivel de mutación serían los dispositivos de lectura. El tercer, el mercado del libro y el cuarto las lenguas y la literatura.

24 "El deslumbramiento que produjeron los nuevos dispositivos electrónicos de lectura se ha estabilizado. Dejaron de ser moda para convertirse, eso sí, en un hecho, en un fenómeno que llegó para quedarse. La amenaza que muchos editores veían a principios de siglo en el e-book ha cambiado de aspecto. Se esconde dentro del móvil". Joseba Elola, Artículo, "Quiero leer en papel", El País, 9 de octubre de 2016: http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/07/actualidad/1475841443_203357.html
"Sabemos como lectores que no es lo mismo leer en una pantalla que en el libro de papel. Pero también sabemos los beneficios de poder dar con uno u otro dispositivo según las posibilidades de acceso, las conveniencias y las motivaciones. Lo bueno, en cualquier modo, es que la lectura se dé. Por eso, la clave está, más que en el instrumento, el soporte y el canal de las palabras, en el desarrollo, la capacidad crítica y el bienestar del cerebro lector". Facundo Manes, artículo "El cerebro persigue las palabras", El País, 9 de octubre de 2016: http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/07/actualidad/1475868260_813583.html
Consultar en la edición electrónica de la revista Scientific American el texto "The Reading Brain in the Digital Age: The Science of Paper versus Screens", de Ferris Jabr (11 de abril de 2013) https://www.scientificamerican.com/article/reading-paper-screens/#

25 http://www.iabmexico.com/estudios/consumo-medios-2016-infografia/

26 http://www.caniem.org/Archivos/funlectura/EncuestaNacionaldeLectura2012/EncuestaNacionaldeLectura2012.html

27 http://www.cultura.gob.mx/encuesta_nacional/#.V9mqjfmLSaE

28 Consultar: Yanet Aguilar Sosa, “¿Con lemas se lee más?, El Universal, 29 de enero de 2011, http://archivo.eluniversal.com.mx/cultura/64677.html

29 Para filósofos como B-CH Han (2014), estamos frente a una sociedad más adicta a las emociones fugaces e intensas, en tanto abigarradas, una sociedad cansada e incapaz de llegar a la acción, desinteresada por la vida pública y política, y poco empática con los problemas ajenos. De igual manera, hablan de que en ese espacio que se pretendía libre, autónomo y en donde todo iba a ser posible, se ha congregado un coro multitudinario de voces individuales, aisladas, obsesionadas por sí mismas, enemigas de las intermediaciones, con el principal anhelo de ser escuchadas entre el ruido de la Web mediante la exhibición de la intimidad. Como toda reflexión, puede ayudar al momento de pensar en sujetos del nuevo milenio.