EMILIO RABASA


Emilio Rabasa Estebanell, nació en Ocozocoautla, Chiapas, el 22 de mayo de 1856, y murió en la ciudad de México el 25 de abril de 1930. Hijo de José Antonio Rabasa y Manuela Estebanell, comerciantes catalanes que emigraron a Nueva Orleans para trasladarse, en 1836, a Chiapas. El padre de Rabasa planeó el establecimiento de un puerto en la costa chiapaneca, en la localidad de Paredón, cercano a la villa de Tonalá. Años más tarde, el 24 de abril de 1861, durante el gobierno en Chiapas de Ángel Albino Corzo, el presidente Benito Juárez decretó la habilitación de Tonalá como puerto de altura y cabotaje.

En 1868 el joven Emilio ingresaría al Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca para llevar a cabo estudios de derecho. No fue enviado a Francia como su hermano Ramón, el mayor, ni como otros insignes personajes como Belisario Domínguez. Sin embargo, estuvo en contacto con el ambiente cultural que imperaba al amparo de las ideas y la figura liberal de Juárez.

Emilio Rabasa (1886: I) escribió que la poesía es la florescencia del espíritu. Para él el hombre despierta antes el corazón al sentimiento que la inteligencia a la reflexión; y los pueblos asimismo cantan primero con Orfeo para llegar después a pensar con Tales. Jorge Luis Borges relata que Alejandro de Macedonia tenía bajo su almohada la Ilíada de Homero y la espada, esas dos armas. Por su parte, Charles A. Hale (2011: 46) cuenta que en la mesa de estudio de Emilio Rabasa se encontraban también sus herramientas de combate: el tintero y la pluma, el primer volumen de las obras de fray Luis de Granada y el Diccionario de la Academia. En Oriente existe la idea de que un libro no debe revelar las cosas, sino ayudar a descubrirlas. Esta aspiración central encontrará el lector que se acerque a la obra narrativa de Emilio Rabasa: luchas por el poder, confabulaciones y revueltas, expuestas a través de personajes como Juanito Quiñones, en la novela La Bola, quien, a través de una serie de acontecimientos en cadena y de su propia experiencia, se ve envuelto en las trampas internas del poder y de las relaciones humanas. También está el caso del pueblo El Salado, en La guerra de tres años, microcosmos del país y de la pugna ideológica que existió entre liberales y conservadores.

Rabasa es el punto de contacto imprescindible entre el romanticismo costumbrista y patriótico y el realismo crudo de la llamada novela de la Revolución Mexicana, que dio inicio con Los de abajo, de Mariano Azuela, para dar cuenta de los hechos sucedidos en México a partir de 1910. Rabasa mostró la vida nacional durante la etapa anterior, el dilatado período en que estuvo Porfirio Díaz al frente del gobierno. Para lograrlo, aprovechó las técnicas de composición del realismo francés, entre otros de Flaubert y de Balzac, y de narradores españoles, como Leopoldo Alas y Benito Pérez Galdós.

Por otra parte, el autor combinó sus tareas de jurisconsulto y funcionario público con su vocación literaria. Compuso cinco novelas: La bola, La gran ciencia, El cuarto poder, Moneda falsa (1887-1888) y La guerra de tres años, considerada su obra maestra. Ésta aparecería por entregas en 1891, en El Universal y póstumamente se publicaría en forma de libro, en 1931.

Rabasa fue experto en derecho constitucional y se le considera uno de los referentes principales de la Constitución que nos rige, la de 1917. Impartió clases durante mucho tiempo en la Escuela Nacional de Jurisprudencia y participó en la fundación de la Escuela Libre de Derecho. Otra de sus facetas fue la de desempeñar cargos públicos, entre los más altos está el de gobernador de Chiapas, en cuyo mandato se verificó el enconado y polémico cambio de poderes, de San Cristóbal de las Casas a Tuxtla Gutiérrez.

Hacia el final del siglo XIX, la narrativa mexicana adoptó una variante del realismo, el naturalismo, que enarboló el progreso de los pueblos como principio y bandera, bajo los principios de August Comte. Esta ideología no llevó a Rabasa a la demostración de tesis, un riesgo que estuvo más cercano de uno de sus contemporáneos, Federico Gamboa (1864-1939) quien, como sus modelos franceses, Émile Zola (1840-1902) y los hermanos Edmond y Jules Goncourt (1822-1896 y 1830-1870, respectivamente), concebía al hombre de modo lineal, en un progreso constante, igual que sucedía en las ciencias sociales, dentro de las cuales la sociología se hallaba en sus inicios. El positivismo concebía la política, la historia y la literatura como materias susceptibles de una elaboración basada en el método científico.

Si bien en las páginas de Rabasa subyace ese tipo de tesis, es sólo el sustrato en el que se finca su narrativa. Hijo de su tiempo, tuvo un conocimiento notable de las teorías en boga, de las tendencias artísticas, y por lo tanto aspiró a formar un país ordenado y en un constante “progreso”. Al mismo tiempo, debe observarse cómo eludió las intrigas novelescas de tono heroico, el exceso de tribulaciones en la vida interior de los personajes, en aras de una visión descarnada de la vida de aquel México finisecular.

Es notable que perteneciendo al grupo en el poder durante el largo período de gobierno de Porfirio Díaz, no se vislumbre en la obra narrativa de Rabasa una filiación a su política sino que, por el contrario, destaca la implícita condena del atraso social, del drama humano que deviene ante la falta de educación y de la pobreza en que se halla la mayoría de los mexicanos bajo el régimen de Díaz.

Su prosa narrativa, de un estricto realismo, traza los rasgos más significativos del ser mexicano, mediante una serie de personajes clave de la estructura social de fines del siglo XIX y principios del XX. De esta suerte, en La guerra de tres años, a través de un suceso común en los pueblos, la celebración de un santo, San Miguel, se establecen las diferencias de clase con objetividad y humor incomparables: en la ceremonia, el pueblo camina por las calles de forma solemne y ordenada, respetando la imagen del santo patrono, pero en seguida se plantean los desacuerdos políticos entre los bandos dominantes de la época: liberales y conservadores, y todo termina en zafarrancho.

A cada momento se percibe cómo un suceso cotidiano se relaciona con los eventos de su tiempo; tomando como escenario un pueblo común y corriente, aparece la intención de evidenciar a los mandatarios de la historia del país que han abusado del poder. La guerra de tres años cuenta la historia de los habitantes de un pueblo llamado El Salado, quienes mantienen cierta efervescencia de la aún reciente Guerra de Reforma (o Guerra de tres años, como también se le conoció), es decir, aún se hallan en pugna las ideas de los dos bandos principales citados más arriba, los conservadores y los liberales, grupos predominantes en la conformación del México del siglo XX.

En aquellos tiempos, el país vivía importantes cambios de orden religioso, político y económico que marcaban el rumbo. Rabasa utilizó las crisis que se han sucedido en el país como materiales literarios. Las guerrillas, las trifulcas, las bolas, y los intentos de revelarse contra el gobierno enmarcaron la narrativa de este autor. Todos querían ser parte de los cambios, o beneficiarse de éstos. El personaje central de la historia mexicana de la segunda mitad del siglo XIX había sido el presidente Benito Juárez, que tras una carrera política incomparable, logró inclinar la balanza a favor de los liberales, quienes lucharon por el cumplimiento de las Leyes de Reforma, recientemente establecidas a iniciativa del propio Juárez, mientras que los conservadores pugnaban por revivir el pasado imperial hispánico y por mantener los privilegios, propiedades y canonjías de la Iglesia.

La guerra de tres años apareció publicada por entregas en El Universal, dos décadas después de la muerte de Juárez, es decir que muchos jóvenes de aquel tiempo seguían imbuidos del triunfo liberal. Fue un período de grandes tensiones en el terreno ideológico, donde se imponía el positivismo de Auguste Comte (1789-1857) y las ideas en torno al determinismo histórico y la herencia biológica de Hippolyte Taine (1828-1893), traídos de Francia por Gabino Barreda, entre otros.

El costumbrismo romántico que se observa con claridad en las novelas de Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), se transformó en Rabasa al incorporar planteamientos sociales e históricos presentados de manera minuciosa y objetiva. Lo que aflige a las masas: injusticia, burocracia, fanatismo religioso, es expuesto con ironía y mordacidad. A menudo las novelas del siglo XIX culminan en fracaso y decepción, como en algunas de las novelas de la Comedia humana de Honoré de Balzac (1799-1850). Emilio Rabasa empleó un mecanismo semejante, pero imprimió siempre un rasgo sarcástico. Por ejemplo, en El cuarto poder, se lee:


Corrí mesándome los cabellos, loco, fuera de mí, diciendo palabras extrañas, con ganas de llorar, de gritar, de estrellarme la cabeza para no oír, sentir ni recordar nada. Me detuve al fin en una esquina, apoyé en ella los codos, entre ellos hundí la cabeza, y haciendo no sé qué esfuerzo logré llorar...


Al final de esta escena, típica heredera de novelas como Las tribulaciones del joven Werther de Johann Wolfgang Goethe (1749-1832), se gira hacia un realismo burlón: al lado del personaje que está en medio de una tragedia sentimental, un niño pobre que vende periódicos exclama: “¡Pero qué mona trae este amigo!”, es decir, ¡Pero qué cruda se trae!, o ¡De qué borrachera viene! En otra de las novelas de la tetralogía, La bola, dice el narrador protagonista: “Meses después recibí un papelito escrito con patitas de mosca y ortografía rusa”, y puede también recordarse cómo se cierra La guerra de tres años con estas palabras; “Esto es todo lo que pasó en El Salado. Tal vez sea sosa esta relación, pero yo no tengo la culpa de que en El Salado no pasen cosas estupendas”.

Un sentido sarcástico y un humor anti climático, poco frecuente en la narrativa mexicana, pueden verse claramente en este remate de la novela póstuma de Rabasa. Este mismo pasaje puede también interpretarse como una declaración de principios estéticos: el narrador debe limitar su visión y su poder imaginativo, consignar lo que resulte coherente con el relato, sólo aquello que sea verificable con la realidad y convenga en el contexto de la trama y de los personajes.

Desde sus comienzos, la crítica ha señalado la obra de Rabasa como la de un autor muy importante; recibió elogios de Manuel Gutiérrez Nájera, quien advertía que el arte de narrar no es frecuente en México; después escribieron comentarios favorables en torno de la narrativa de Rabasa Alfonso Reyes, Jesús Silva Herzog y Daniel Cosío Villegas; algunos otros críticos lo consideran el más importante precursor de la Novela de la Revolución, y Justo Sierra apuntó sobre él: “Escribe bien; es una cosa notable; se parece a Galdós”, mientras que José María de Pereda lo sitúa por encima de Altamirano.

En la novela El Cuarto poder, ya referida, Rabasa parece llevar de la mano al lector por los barrios marginados de la ciudad de México: calles de piedra y polvo olvidadas por los dirigentes de los altos mandos. Lo mismo sucede en el otro contexto: el de la provincia, en donde el pueblo está simbolizado por la devoción de hombres y mujeres que, al mismo tiempo que son creyentes, gustan del chisme y la maledicencia. El Salado es un pueblo muy pobre donde la voz de mando recae en don Santos Camacho, el jefe político, especie de presidente municipal, quien cree que el poder sirve para imponer o impedir cada actividad civil, religiosa o militar, pero su ignorancia y su impericia política hacen que todo se salga de control. Lo más importante que sucede en este pueblo, como en casi todos los de México, son las festividades religiosas. Las celebraciones, los ritos, la liturgia, están históricamente arraigados, lo que significa que es imposible que no se lleven a cabo, sobre todo cuando se trata del santo patrono.

Entre los méritos narrativos del autor de La Bola está el de haber despojado a la novela mexicana del sentimentalismo que la caracterizaba, que lo convierte en el narrador que revoluciona la narrativa mexicana decimonónica y le da la actualidad del siglo XX. Las técnicas de la novela realista europea permitieron a Rabasa la expresión precisa de la vida mexicana de su tiempo. De esta suerete, la historia de un sitio provinciano se convierte en un símbolo de espacios tradicionales muy semejantes entre sí a lo largo del país: pueblos con su plaza central, su iglesia, su casa de gobierno, sus tendejones, todos hechos de adobe, y sus calles empedradas. Así también exhibe al político abusivo a quién sólo importa el provecho personal que pueda obtener. El escritor chiapaneco tuvo una capacidad singular de observación que le permitió parangonar a sus personajes, su trama y su ambiente, con los correspondientes protagonistas de la política nacional.

La corrupción y el abuso de poder tan frecuentes que hacen víctimas a las clases bajas, se percibe a lo largo de cada una de las Novelas Mexicanas, nombre con el que Rabasa denominó su tetralogía conformada por La bola, La gran ciencia, Moneda falsa y Cuarto poder; lo mismo sucede con la Guerra de tres años, en donde sobresale el recurso de la ironía y el sarcasmo. En la primera de aquel grupo, La bola, también se enfatizan las acciones del pueblo cansado de escuchar las promesas de los candidatos que olvidan todo una vez que obtienen el poder. El pueblo como la víctima de siempre, se propuso armar una revolución para resolver sus problemas, pero sólo se logró hacer un alboroto: una Bola, tras la cual ellos mismos resultan ser los más perjudicados.

En La guerra de tres años, los Angelitos, hermanos gemelos, dueños de la tienda “La Esperanza en la Honradez”, son dos personajes que representan a las mayorías en el horizonte político del país de aquellos tiempos: son los más fieles a la ideología liberal y apoyan los ideales juaristas, a pesar de la escasa moral predominante en El Salado, de la malicia e intriga que latía entre sus habitantes.

Aparecen las costumbres de una comunidad en la que no sucede nada, pero en la que se muestra la situación de las provincias. El realismo de la novela puede verse también en los decorados: son muy significativas la procesión y la iglesia, la cárcel y la jefatura, las calles y las casas, que hacen ver al lector esos rincones donde han surgido los movimientos sociales más relevantes: la Independencia de la Égida española, el movimiento juarista de Reforma ante las intervenciones extranjeras y la Revolución maderista de 1910.

Acotada por la sencillez, la narrativa de Rabasa se aleja de toda grandilocuencia y presenta situaciones inscritas en un marco de vida ordinaria: no aparecen acciones heroicas de cartón ni disyuntivas desgarradoras en los personajes. El narrador pasa inadvertido al dejar de ser el poderoso instrumento omnisciente que caracteriza la novela decimonónica, aquel espectador fulgurante de la vida interior y exterior de los seres que deambulan por sus páginas. En La guerra de tres años, donde por primera vez aparece en la narrativa de Rabasa una voz ajena a los acontecimientos que se narran, las escenas, en apariencia insignificantes, contribuyen a que el relato discurra, ameno y ligero.

Rabasa desea transmitir, a través de La guerra de tres años, la realidad de México hacia el final del Siglo XIX, sobre todo en cuanto a sus aspectos políticos. Para lograrlo, construye personajes creíbles, trabajados mediante detalles que evitan los estereotipos. La peripecia y la intriga no impiden una caracterización adecuada, función inseparable de las buenas novelas, ya que el novelista busca primordialmente el buen trazo de los personajes, a diferencia del autor de relatos breves, que se basa sobre todo en la anécdota y en el avance veloz del texto en un solo sentido.

Esta caracterización de los protagonistas es uno de sus aciertos, pues casi siempre aparecen realizando actos cotidianos. Puede observarse a Santos Camacho, el dirigente político de El Salado, único escenario de la novela, irritable y siempre colérico, de supina ignorancia, rayano en la idiotez ─como Mateo Cabezudo, el tío de la heroína Rosario, de El Cuarto poder─, en el momento en que enciende un puro “con dificultad, después de mucho fuelleo”, mientras su secretario Hernández, de “olfato delicadísimo”, servil, calculador y corrupto, apuesta sencillo a los gallos de su jefe, y triple a favor de los contrarios, puesto que éstos siempre ganan. Con tal perfil profesional, Hernández mangonea a Camacho, lo trae “como a asno de noria”. Con esto último, se logra un contraste cómico muy afortunado.

Cabe recordar también a la beata doña Nazaria, de ecos galdosianos y buñuelescos, cuando “se echaba encima los trapos de cristianear”, o cuando sale cien veces a la puerta del templo para saborear el placer de ver apiñada a la gente en el cementerio y luego en la plaza, contradiciendo las órdenes de Camacho, a quien odia porque la cambió sentimentalmente por Luisa, bastante más joven que ella. Doña Nazaria iba inquieta, nerviosa, jadeante, y “volvió a la delicada tarea que sólo ella sabía desempeñar, de limpiar, arreglar y vestir convenientemente al Santo Patrón del pueblo, a aquel San Miguel tan querido y venerado de toda la comarca”, o bien el trazo que hace del cura de El Salado, Diéguez, “de 32 años, con ojos de gran vivacidad que refrenaba difícilmente a fin de poner las miradas al servicio de su ministerio”.

En La guerra de tres años se deja a un lado la historia de amor que corre paralela a la trama de las novelas anteriores: un joven protagonista en medio de sobresaltos e incumplimientos sentimentales como contrapunto idealista del político abusivo y del periodista cínico. La tensión novelesca de la novela póstuma de Rabasa se centra ahora en el duelo de poderes entre la Iglesia y el Estado, como una proyección del añejo conflicto del México Independiente, sólo que esta pugna se verifica en un pueblo pequeño, habitado por seres en apariencia inocuos, caricaturizables, pero que en realidad están colmados de importancia histórica y simbólica.

En La bola, La gran ciencia, El cuarto poder y Moneda falsa subyace la idea de que nada se parece tanto al deseo como el dolor. En La guerra de tres años, los personajes desean, de igual modo, pero no tienen la confusa heroicidad de Juan Quiñones: son deseos vulgares, puestos en un contexto de indefinición espiritual que, expuesto a la manera directa y punzante de la prosa de Rabasa, sólo producen risa: “El pueblo era rojo el 5 de mayo y muy religioso el viernes santo”. Acorde con su línea juarista, Santos Camacho “era liberal como nadie, y así lo decía siempre que brindaba. Y hay que decir que brindaba siempre que había ocasión".

Elemental y carente de imaginación, como se dijo, el jefe político se ve reducido, como los demás, a su propia caricatura: “como jefe político, odiaba a los alzados que le negaban facultades omnímodas; y como liberal aborrecía al cura, a la iglesia y a las beatas de la ‘vela perpetua’”. Así también está la escena en que la fuerza pública detiene al cura Diéguez, ya que ha desacatado las instrucciones del jefe máximo; junto con él, para escarmiento de todo el pueblo levantisco, detiene y encarcela simultáneamente al mismísimo arcángel San Miguel, santo de la parroquia.

Y también están los actos de corrupción de Santos Camacho, tan semejantes, por lo demás, tan típicos de los procedimientos de los funcionarios que los sucedieron y los mantienen vigentes:


[Santos Camacho] en llegando las vísperas del santo del señor gobernador, echaba escote sobre los empleados del distrito, le arrancaba al pobrísimo Ayuntamiento medio centenar de duros, y sin poner de su cuenta un grano de pólvora, quemaba un millar de cohetes, […] ofrecía un baile a la buena sociedad, que no concurría, y lo hacía todo con tal habilidad, que alcanzaba un sobrante para aplicarlo a la fábrica de una casuca, no del todo mala, que los presos y los soldados le iban levantando poco a poco en un terreno que había pertenecido a una obra pía.


Los escenarios en que se desarrolla la trama son los más comunes en la vida provinciana, el de aquellos pueblos alejados de la urbe donde se vuelven más impunes las fechorías de las jerarquías que gozan de todos los privilegios: el gobierno, el ejército, los nuevos ricos y los líderes corrompidos.

A través de los diálogos, el lector puede observar el habla de aquel tiempo, lo mismo que pasan ante sus ojos las situaciones de siempre: el pobre y el rico no hallan la forma de convivir a menos que se trate, como en este caso, de las fiestas religiosas.

De los personajes de esta divertida novela debe destacarse, en primer lugar, a Don Santos Camacho, quien logra acomodarse en la política mediante obediencia bovina, siempre preocupado por atender las peticiones del gobernador, sin importar qué tan legales o morales sean; también es interesante el personaje que hace de contrapunto, Hernández, secretario particular del jefe político, siempre en busca de su propio provecho; Nazaria, la ex amante de don Santos, y Luisa, la amante actual; los hermanos gemelos, Francisco y Juan Ángeles; el padre Diéguez, cura del pueblo. Estos últimos con su papel de personajes secundarios colaboran al mejor lucimiento de los primeros. Cada uno de ellos desarrolla una función en la trama de la novela y son caracterizados de esta manera: Nazaria, católica fanática y antagonista de Santos Camacho, que lleva a cabo la procesión con San Miguel a cuestas y en contra de sus instrucciones; Luisa, que está enquistada a muerte con Nazaria, lo mismo que Gilda, su madre. Francisco y Juan Ángeles, los dueños de la tienda “La Esperanza en la Honradez”, interpretan a su modo el liberalismo de la época, mientras que en el padre Diéguez se insinúa cierta lascivia que ha de refrenar a toda costa, no se sabe con cuánto éxito.

La historia de México ha sido el tema de diversos escritores. Entre ellos, Emilio Rabasa tiene el mérito de haber dado un nuevo sesgo a la narrativa nacional, no sólo mediante el realismo como un modo de observación y de composición, sino también gracias a su modo de organizar una trama y la estructura de un buen relato junto con su sentido del humor y su sarcasmo.

Finalmente hay que decir que se exagera cuando se dice que la obra de Rabasa es demasiado breve. Para establecer un equilibrio crítico, las historias de la literatura advierten que Rabasa escribió poco porque estaba consagrado a sus deberes administrativos y políticos, a su carrera de abogado y de profesor: no obstante lo cual ─se dice─, es el autor que introduce y desarrolla el realismo en México. Hay que hacer notar al respecto que su obra narrativa no es en realidad tan breve como se ha insistido, ya que comprende cerca de setecientos folios, una cifra que no se aleja demasiado del promedio de la obra completa de un autor contemporáneo.

Otro lugar común es decir que la tetralogía en realidad es una sola novela; que la primera y la póstuma, es decir, La bola y La guerra de tres años, son las dos mejores aportaciones de su producción literaria. A esta convención podría observarse la inconsistencia de agrupar las cuatro novelas para luego insistir en que lo más valioso sólo es una parte, exaltarla y ponerla al lado de la novela que ya antes se dejó fuera del conjunto.

La guerra de tres años posee una prosa amena, fluida y breve, con diálogos muy divertidos emitidos por personajes coherentes y muy bien perfilados, una representación en miniatura de lo que sucedía en aquellos tiempos, todo lo cual prefigura los acontecimientos que sobrevendrían en 1910 y más tarde darían paso a la Novela de la Revolución Mexicana. Las escenas que van apareciendo en la narración son significativas porque con éstas se logra un cuadro completo del México de finales del siglo XIX, que vivió movimientos y cambios cruciales tras una serie de invasiones y el consecuente despojo de gran parte de su territorio, un resultado de ideologías en pugna que culminaron con las Leyes de Reforma.

La guerra de tres años es la novela que muestra en menos páginas las mejores cualidades narrativas de Rabasa; humor, sagacidad, estructura coherente, observación minuciosa de la vida privada y de la vida social de su tiempo, a tal punto, que El Salado y sus pobladores constituyen un documento histórico muy valioso, no sólo en el plano literario.


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